14 febrero, 2022

Hasta siempre

Te escribí el 20 de agosto, me extrañaba que no respondieras a una llamada, te había dejado un mensaje de voz unos días antes. A ese mensaje, tampoco contestaste.

De pronto el viernes pasado marqué tu número sin pensarlo mucho. “El número marcado no existe”. Supe sin saber. Se me estrujó algo por dentro. Estaba cruzando la Gran Vía, justo en la esquina del hotel donde nos bebimos tantas copas como secretos; una de las maravillosas tardes en que te sentabas en algún sofá frente a mí y me analizabas. Sin poder aguantar la devastación que me invadía ya, entré en tu perfil de Facebook y comprobé lo que intuía, lo que tanto tantísimo me temía y me asustaba. Hasta hoy, no he podido leer nada de lo que hay publicado en tu muro, pasé los ojos en vertical pero no podía ver nada. Y es que, lamentablemente, todo sucedía el 18 de agosto…

En mi vida tú eras la sabiduría, la experiencia, la paciencia, un refugio, un confidente, un maestro, un botón del pánico… Eras mi Sensei. Y así te llamé durante años. No me hago a la terrible y tristísima certeza de que ya no estés.

Quiero pedirte perdón, aunque yo no me lo perdono: debí estar más presente. No fue porque no me acordase de ti durante el encierro, sino porque siempre te tuve en tan alta estima que me daba infinito pudor contactar más a menudo: por no importunarte, por no acapararte, por no invadirte, por lo ocupado que siempre estabas… y porque soy una tarada que nunca tuvo una familia normal y me doy miedo porque no discierno hasta dónde y qué límites son razonablemente normales, ni por exceso ni por defecto. Y ahora me lamento de no haberte escrito más, de no haberte llamado y visitado más, porque no hubo una sola vez que no tuvieras un hueco para mí. Me encantaba acudir a tus producciones, me enorgullecía que me sentaras a tu lado y que quisieras mi opinión, mi veredicto, mi crítica. Y yo tuve los ovarios de descerrajar, y tú agradecido. Haber dejado pasar tantísimo tiempo sin llamarte es algo que no me voy a poder perdonar jamás porque cualquier tiempo contigo para mí era el regalo más maravilloso. No quería ser pesada. No quería ser un lastre emocional. Y no haber contactado más, con la de veces que me acordaba de ti y que pensaba en ti, me va a pesar siempre.

Qué bueno haberte conocido, amigo, qué bonitos recuerdos me dejas. Celebraste mis triunfos y me ayudaste a quitar el lastre de lo que fuera que me ahogase en cada uno de nuestros encuentros. Cuánto te quiero y cuánto te agradecí y te agradeceré siempre cada palabra, cada gesto. Odio no habértelo dicho, ojalá que lo hayas adivinado entre tacos y carcajadas. Sabía cuánto me importabas pero hasta ahora no he sido consciente del lugar preferente, del peso específico que tu amistad tenía en mi corazón. Llevo varios días sin poder dejar de llorarte. Tarde y a lo bestia, como suelo hacer yo las cosas.
Gracias.
Gracias por aconsejarme.
Gracias por animarme a escribir, a vivir, a ser. Gracias por valorarme. Qué importante eras para mí. Me leías, me corregías, me guiabas. Me enseñaste más en tus emails de tres líneas que decenas de cursos enteros de escritura creativa. No hubo una llamada o un mesaje que no me respondieras. No hubo un texto que no te leyeras y me comentaras. Certero, eficaz, sabio y presto en resolver mis dudas literarias... Implacable, generoso.

Ahora me sepulta comprender cómo te quería, cuánto me importabas, lo que significabas en mi vida. Un amigo valiosísimo, irremplazable, en mi corazón eras una figura paterna. Qué paciencia tuviste conmigo siempre. Viniste a alguna de mis fiestas, a pesar de coincidir con tus funciones, tus conciertos y tu ajetreo. Qué Honor y qué ilusión recibirte en mi casa -sin disfrazar, pero bueno-. Recibiste entusiasmado y muerto de risa una Barbie decapitada entre caramelos, una instalación que hice y que te regalé. Gracias por cuidarme. Gracias por no soltarme de la mano a lo largo de todos estos años. Gracias por no juzgarme y por hacerme ver… Gracias por enseñarme. Gracias por prestar oído a mis miedos, a mis locuras, a mis proyectos, mis sinsabores y fracasos, a mis peripecias vertiginosas, por ayudarme a confesar mis pecados y por ser siempre tan sutil… Tus palabras eran pinceladas precisas y preciosas. Mirándote a los ojos yo sabía que tú lo sabías todo, y te doy gracias por dosificar con paciencia, con esa dulzura, tu inmensa experiencia. Gracias por confiar en mí, por los retazos de intimidad que compartiste conmigo. Gracias por tus palabras, por tu generosidad, por tu vitalidad. Por demostrarme que hay que relativizar, por sonreír mientras te enfrentabas al cáncer y a auténticos titanes.

Añoro nuestras tardes de Cointreau y confidencias. Nuestros supuestos cafés se convertían en cuatro horas dentro de una burbuja mágica de digresiones, aberraciones, confesiones y diversiones, tintineando hielos en cualquier elegante bar de la zona -con los años, eran de zumos de tomate y esas mierdas, ambos estábamos tocados-. No dejo de recordar momentos, me vienen como escenas de una película. Que jamás me dejaras invitarte. Que me arropases con tu chaqueta. Que insistieses siempre en acompañarme hasta la misma puerta de mi casa… Un señor, un caballero. Y con tantísimo cariño, con esa clase, con tantísima educación, tacto y respeto.

Cómo disfrutaba de verte, de contarte, de escucharte. Lástima que con el paso de los años y el alcohol que acompañaba nuestras tardes se me hayan borrado algunas de tus frases. "Eres una fuerza de la naturaleza” me dijiste en una ocasión. Y que confiabas en mí, que no necesitabas comprobar nada: “Tienes la mirada limpia”. Conservo tus correos como auténticos tesoros. Me decías cosas preciosas. Escribiste que yo tenía talento. Ojalá hubiéramos descubierto para qué… Ojalá te hubiera preguntado más, ojalá te hubiera exprimido más.
Eras mi gran lujo, siempre deseando otra de esas larguísimas charlas a calzón quitao, siempre me despedí de ti con ganas de más tiempo, de más. Para mí eras enorme, supe siempre que era un privilegio poder contar contigo, tuve la suerte de saberte en mi vida. Siempre ahí, lejos… pero al alcance de la mano. Me daba seguridad saber que desplegarías tus alas protectoras, como hiciste cuando fue preciso.

Te recordaré al recorrer la Gran Vía, Sensei. Me vas a faltar siempre.