Hoy veo una noticia en el Telegraph, que traduzo grosso modo por si alguien lo necesita. Como la crisis arrecia en todos los ámbitos, en un burdel de Alemania se ha establecido un descuento de 5 euros en cada servicio standard (de 45 minutos) si el cliente acredita haber llegado en bicicleta o utilizando el transporte público. Parecerá una gilipollez pero el dueño del lupanar admite que con esta medida está consiguiendo una media de 4-5 puteros nuevos al día. ¿Tenemos una variante del quien mueve las piernas mueve el pollón?
En esa misma página, encuentro otro titular que se relaciona. La protagonista se llama Alina Percea, y es la enésima que se ha subido al carro de subastar el himen por internet.
Como en Alemania la prostitución es una actividad legal (y regulada, por lo que las putas suscriben contratos y tributan), el Fisco germano ha caído sobre una estudiante de origen rumano que subastó su virginidad en internet. Un empresario italiano le pagó 8.800 libras esterlinas en efectivo y ahora, Hacienda le reclama la mitad porque considera que no deja de ser un acto de prostitución. El fiscal asegura que no se trata de una cuestión moral sino legal, porque prostituirse no es delito pero dejar depagar impuestos por las sumas así ganadas, sí.
Un amigo me abrió este blog para que contase las anécdotas de la publicación de mi primer libro, un trabajo periodístico acerca de la industria del porno. Aquí seguí reseñando cuanto rodeó la edición del segundo, un manual de divulgación sobre sexualidad. "Mi lado más hardcore" y "Verdad y Mentiras en el sexo" han sido mis criaturas más mediáticas, por las que me empezaron a invitar a las teles. Pero hay más... "Sexo, amor y cirugía", mi primera novela, premiada incluso. Y sigo ;)
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14 julio, 2009
10 agosto, 2008
Pobres cerdos...
Supongo que el título del post invita a pensar que se lo dedico a quienes practican la coprofagia o mismamente, a los que con más sueldo que luces naturales, ejercen el caciquismo a costa de otros...
Que no cunda el pánico porque por "cerdos" hoy quiero decir sólo eso: cerdos, los del reino animal, no los del entorno laboral, y aclarado esto, vuelvo al asunto que me ha devuelto a escribir en mi blog personal.
Según el Telediario del 10 de agosto, ocho empresas españolas han pasado con éxito el quality control de las autoridades de sanidad e industria chinas y serán en breve exportadoras de jamón serrano. Mi primera reacción, como españolita ingenua que en el fondo soy, ha sido llenarme de alborozo patriótico. ¡Qué bien que nuestros productos se conozcan fuera, que triunfen como Bardem allende los mares!
Pero luego, cinco segundos después, la misma alegría se ha tornado oscura preocupación. Esto de la globalización, de no pillarte como dueña de la empresa de jamones, o como heredera universal porque tu papi sea el titular de la misma, se traduce en una verdadera putada. Si el buen jamón serrano, un pata negra de esos de los que se devoraba Beckham las lonchas a puñaos, ya nos cuesta un riñón hoy día, y si la curva de la oferta y la demanda que me enseñaron a mí en Primero de Economía se sigue comportando bajo los mismos criterios de "a más abundancia de producto baja el precio. A escasez de producto subida de precio", vamos apañaos con la imparable y más que plausible sacaralización de la pata de cerdo que acaecerá en cuanto empecemos a mandar jamones a China. (Vaya, esto me recuerda que Jennifer López ha asegurado su culo en varios millones de dólares, no sé de dónde me vendrá a mí esta asociación de ideas).
Habida cuenta la cifra de población de China, a poco que penetre el nuevo producto -no quiero ni pensar lo que va a suponer que se llegue a poner de moda, o que algún chef decida que sería el perfecto cuarto ingrediente del universalizado arroz tres delicias-, la raza porcina va a desarrollar un par de cromosomas nuevo que de seguro Posh tiene en su cadena de cromosomas. Uno, con el fenotipo de "qué importante que soy"; y otro, quizá un recesivo que atormentará desde sus entrañas a las pobres criaturas, y que se enunciará mediante un lamento, "qué miedo me da engordar y que me pasen el cuchillo".
Que no cunda el pánico porque por "cerdos" hoy quiero decir sólo eso: cerdos, los del reino animal, no los del entorno laboral, y aclarado esto, vuelvo al asunto que me ha devuelto a escribir en mi blog personal.
Según el Telediario del 10 de agosto, ocho empresas españolas han pasado con éxito el quality control de las autoridades de sanidad e industria chinas y serán en breve exportadoras de jamón serrano. Mi primera reacción, como españolita ingenua que en el fondo soy, ha sido llenarme de alborozo patriótico. ¡Qué bien que nuestros productos se conozcan fuera, que triunfen como Bardem allende los mares!
Pero luego, cinco segundos después, la misma alegría se ha tornado oscura preocupación. Esto de la globalización, de no pillarte como dueña de la empresa de jamones, o como heredera universal porque tu papi sea el titular de la misma, se traduce en una verdadera putada. Si el buen jamón serrano, un pata negra de esos de los que se devoraba Beckham las lonchas a puñaos, ya nos cuesta un riñón hoy día, y si la curva de la oferta y la demanda que me enseñaron a mí en Primero de Economía se sigue comportando bajo los mismos criterios de "a más abundancia de producto baja el precio. A escasez de producto subida de precio", vamos apañaos con la imparable y más que plausible sacaralización de la pata de cerdo que acaecerá en cuanto empecemos a mandar jamones a China. (Vaya, esto me recuerda que Jennifer López ha asegurado su culo en varios millones de dólares, no sé de dónde me vendrá a mí esta asociación de ideas).
Habida cuenta la cifra de población de China, a poco que penetre el nuevo producto -no quiero ni pensar lo que va a suponer que se llegue a poner de moda, o que algún chef decida que sería el perfecto cuarto ingrediente del universalizado arroz tres delicias-, la raza porcina va a desarrollar un par de cromosomas nuevo que de seguro Posh tiene en su cadena de cromosomas. Uno, con el fenotipo de "qué importante que soy"; y otro, quizá un recesivo que atormentará desde sus entrañas a las pobres criaturas, y que se enunciará mediante un lamento, "qué miedo me da engordar y que me pasen el cuchillo".
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